Columna de autor de Tymur Levitin sobre lengua, significado y respeto
Cariño.
Mi amor.
Corazón.
Guapa.
Guapo.
Vida mía.
Te quiero.
Cuídate mucho.
Escríbeme.
Llámame cuando llegues.
Una conversación puede estar llena de palabras afectivas.
Puede haber abrazos, diminutivos, repeticiones, exclamaciones, contacto físico, una voz cálida y una intensidad que una persona de otra cultura percibe inmediatamente.
Y, sin embargo, todavía puede quedar algo esencial sin decir.
Esta es una de las paradojas más interesantes de la comunicación humana:
hablar de manera expresiva no significa necesariamente revelar todo lo que sentimos.
Y hablar poco tampoco significa sentir poco.
Entre la emoción y las palabras existe un espacio mucho más complejo.
La expresividad no es transparencia
Cuando aprendemos una lengua extranjera, tendemos a interpretar las señales visibles.
Una persona usa muchas palabras cariñosas.
Parece emocionalmente abierta.
Otra habla poco.
Parece distante.
Pero estas conclusiones pueden ser peligrosas.
La expresividad es una forma de comunicación.
La transparencia emocional es otra cosa.
Una persona puede decir:
Mi amor, mi vida, qué alegría verte.
y seguir evitando durante meses una conversación que realmente le da miedo.
Otra puede decir simplemente:
¿Has llegado bien?
y haber expresado con esas tres palabras una preocupación profundamente personal.
No existe una relación automática entre la cantidad de emoción visible y la profundidad de la emoción comunicada.
El español nos obliga a escuchar más que las palabras
El español posee una extraordinaria riqueza de recursos para modificar la relación entre hablantes.
No se trata únicamente del vocabulario.
Está la entonación.
La repetición.
Los diminutivos.
Los vocativos.
Los pronombres.
Las interjecciones.
La velocidad.
La proximidad.
La elección entre una formulación directa y otra aparentemente más ligera.
Un simple:
Hombre…
puede introducir mundos distintos.
Un:
Bueno…
puede aceptar, rechazar, retrasar una respuesta, suavizar un desacuerdo o preparar algo que el hablante no quiere decir de forma brusca.
Un:
Ya veremos.
gramaticalmente habla del futuro.
Pragmáticamente puede significar muchas cosas.
Quizá sí.
Probablemente no.
No quiero decidir ahora.
No quiero discutir contigo.
Déjame pensarlo.
No quiero decirte que no.
El estudiante que traduce solamente las palabras entiende la oración.
El estudiante que entiende la situación empieza a entender la lengua.
«Llámame cuando llegues» tampoco habla solamente de una llamada
Pensemos en una frase cotidiana:
Llámame cuando llegues.
Su contenido explícito es sencillo.
Quiero que me llames después de llegar.
Pero dependiendo de quién habla, con quién y en qué situación, la frase puede contener también:
Me preocupa que llegues bien.
Estaré pensando en ti.
Quiero saber que estás a salvo.
No quiero perder completamente el contacto cuando te vayas.
Me importas.
La emoción no aparece necesariamente como una palabra emocional.
Puede esconderse dentro de una instrucción práctica.
Eso ocurre en muchas lenguas y culturas.
Y precisamente por eso es tan importante para quien aprende idiomas.
Podemos decir «te quiero» y seguir sin decir qué sentimos
Parece contradictorio.
Si alguien dice te quiero, ¿qué podría quedar por decir?
Muchísimo.
Puede no decir:
Tengo miedo de perderte.
Estoy enfadado contigo.
No sé si confío en ti.
Necesito más espacio.
Me siento solo incluso cuando estás conmigo.
No sé qué quiero que ocurra con nosotros.
El lenguaje emocional no consiste simplemente en disponer de palabras como amor, miedo, tristeza o deseo.
Consiste también en ser capaz de identificar qué ocurre dentro de nosotros y decidir cuánto estamos dispuestos a hacer visible.
Por eso una persona verbalmente afectuosa puede ser emocionalmente evasiva.
Y una persona poco expresiva puede ser emocionalmente muy consciente.
Son dimensiones diferentes.
Sentir viene antes que nombrar
Existe además un problema todavía más profundo.
No siempre sabemos lo que sentimos.
Imaginamos con frecuencia que dentro de nosotros existe primero una frase completa:
Estoy triste porque temo perder esta relación.
Después, supuestamente, decidimos si pronunciarla o no.
Pero la experiencia humana no siempre funciona así.
Primero puede aparecer una tensión.
Después, irritación.
Después, ganas de escribir un mensaje.
Después, la decisión de no enviarlo.
Después, dificultad para dormir.
Después, una sensación de vacío.
Y solo mucho más tarde:
Lo echo de menos.
La palabra llega después de la emoción.
A veces mucho después.
Por eso el silencio no siempre es una decisión consciente de ocultar algo.
A veces todavía no existe una formulación que pueda ser dicha.
Una lengua también nos enseña qué emociones son fáciles de decir
Cada comunidad lingüística desarrolla hábitos.
No reglas absolutas.
Hábitos.
Hay formas de afecto que aparecen con gran naturalidad en determinadas relaciones.
Otras parecen demasiado solemnes.
Demasiado íntimas.
Demasiado frías.
Demasiado teatrales.
Demasiado fuertes.
Demasiado débiles.
Y estas fronteras no coinciden exactamente entre lenguas.
Por eso traducir una declaración emocional palabra por palabra puede producir una frase perfectamente correcta y, sin embargo, socialmente extraña.
«Te quiero» no cabe entero dentro de «I love you»
Los estudiantes buscan equivalencias.
Te quiero = I love you.
Te amo = I love you.
Je t’aime = I love you.
Ich liebe dich = I love you.
Kocham cię = I love you.
Como orientación inicial, estas correspondencias son útiles.
Como modelo completo, son insuficientes.
Las preguntas verdaderamente importantes empiezan después.
¿Quién utiliza cada expresión?
¿En qué relaciones?
¿Con qué frecuencia?
¿Cuándo suena natural?
¿Cuándo demasiado intensa?
¿Qué alternativas existen?
¿Puede utilizarse entre familiares?
¿Entre amigos?
¿Qué diferencia hay entre una fórmula habitual y una declaración excepcional?
La traducción nos da una equivalencia léxica.
La pragmática nos dice qué hace realmente esa expresión entre dos personas.
La intensidad visible puede engañar
Imaginemos una conversación en la que aparecen:
muchas exclamaciones;
contacto físico;
una voz elevada;
interrupciones;
palabras afectivas;
repeticiones.
Una persona procedente de un entorno comunicativo más contenido puede interpretar todo esto como una intensidad emocional extraordinaria.
Pero quizá, dentro de esa comunidad, una parte de esas señales sea completamente cotidiana.
Ahora invirtamos la situación.
Dos personas hablan con pocas palabras.
Hay pausas largas.
No se tocan.
No utilizan expresiones afectivas.
Un observador puede concluir:
Aquí no hay cercanía.
Pero quizá esas dos personas poseen una relación profundamente íntima en la que el silencio no necesita ser llenado.
Por eso nunca deberíamos medir una cultura con el volumen emocional de otra.
El norte de Europa nos ofrece un contraste útil
En varias culturas del norte de Europa existe una mayor tolerancia, en determinados contextos, hacia el silencio, la distancia interpersonal o una menor frecuencia de verbalización afectiva.
Esto no significa que «los nórdicos sean fríos».
Sería una caricatura.
Lo interesante es otra cosa.
Si una cultura no exige confirmación verbal constante, una relación puede mantenerse con menos señales explícitas.
Si otra cultura utiliza más marcadores afectivos en la interacción cotidiana, su presencia tampoco debe interpretarse automáticamente como una declaración extraordinaria.
El error aparece cuando utilizamos nuestro propio sistema para medir el sistema del otro.
Mucho lenguaje emocional no significa necesariamente más emoción.
Poco lenguaje emocional no significa necesariamente menos.
La frecuencia cambia el peso de una expresión
Este mecanismo es fundamental.
Supongamos que una expresión afectiva se utiliza diez veces al día dentro de una determinada relación.
Ahora imaginemos otra relación donde una expresión equivalente aparece dos veces al año.
¿Tienen esas frases el mismo peso?
No podemos saberlo únicamente por el diccionario.
La frecuencia crea expectativas.
Lo habitual se vuelve parte del fondo.
Lo excepcional llama la atención.
Por eso el significado emocional no depende solo de qué se dijo.
También depende de cuánto se dice normalmente.
Incluso el diminutivo puede ser una tecnología emocional
En español los diminutivos no sirven únicamente para indicar tamaño.
Un momento.
Un momentito.
Un café.
Un cafecito.
Ahora.
Ahorita.
Dependiendo de la variedad del español y del contexto, el diminutivo puede expresar afecto, suavización, proximidad, ironía, cortesía, insistencia o una modificación pragmática difícil de trasladar con una sola palabra a otra lengua.
Esto nos muestra algo importante.
La emoción puede entrar en la gramática y en la morfología.
No necesitamos decir:
Estoy utilizando una forma lingüística para crear una relación más cálida contigo.
Simplemente elegimos una forma.
Y la relación cambia.
La gramática también tiene temperatura
Solemos enseñar gramática como si fuera neutral.
Indicativo.
Subjuntivo.
Condicional.
Imperativo.
Pronombres.
Tiempos verbales.
Pero las elecciones gramaticales pueden modificar la distancia entre personas.
Compara:
Ven.
Ven, por favor.
¿Puedes venir?
¿Podrías venir?
Quería preguntarte si podrías venir.
El objetivo práctico puede ser exactamente el mismo.
Que la otra persona venga.
Pero las relaciones construidas por esas frases no son idénticas.
Una orden.
Una petición.
Una petición mitigada.
Una formulación todavía más indirecta.
La gramática no solo organiza información.
También organiza relaciones.
Y aquí aparece una de las grandes dificultades del español
Un estudiante puede formar una frase gramaticalmente perfecta y, aun así, sonar extraño.
Demasiado formal.
Demasiado directo.
Demasiado distante.
Demasiado intenso.
Demasiado íntimo.
El problema no está en la conjugación.
Está en la elección.
¿Qué forma necesita esta relación en este momento?
Eso no se aprende memorizando una tabla.
Se aprende observando cómo funciona la lengua entre personas.
Los hombres y la paradoja de la expresividad
La expresión emocional masculina ofrece otro ejemplo interesante.
Un hombre puede crecer en una cultura comunicativamente expresiva y, al mismo tiempo, aprender que ciertas formas de vulnerabilidad no son aceptables para él.
Puede hablar mucho.
Bromear.
Abrazar.
Utilizar palabras afectivas.
Mostrar energía.
Y aun así evitar:
Tengo miedo.
Me siento inseguro.
Esto me dolió.
Necesito ayuda.
No sé qué hacer.
Aquí vemos claramente por qué expresividad y apertura emocional no son sinónimos.
La comunicación puede estar llena de emoción visible mientras una zona específica permanece protegida.
Cuando un canal se cierra, la emoción busca otro
Entonces aparecen otros recursos.
El humor.
La ironía.
El enfado.
La acción.
La protección.
La presencia.
La música.
El silencio.
Una emoción que no encuentra una frase directa no desaparece necesariamente.
Puede transformarse.
Esto explica por qué las canciones son un material tan extraordinario para estudiar la comunicación emocional.
Una canción puede decir muchísimo con una sola palabra
Pensemos en cuántas canciones construyen su fuerza alrededor de una palabra repetida.
Amor.
Corazón.
Baby.
Habibi.
Un nombre.
Una pregunta.
Desde el punto de vista informativo, la repetición añade poco.
Ya conocemos la palabra.
Pero desde el punto de vista emocional ocurre algo distinto.
La voz cambia.
La música cambia.
La intensidad aumenta.
La repetición transforma el peso de la palabra.
La emoción ya no está únicamente en el significado léxico.
Está en la ejecución.
Por eso traducir una canción no es traducir su emoción
Podemos traducir todas las palabras correctamente.
Y perder casi todo.
Porque quizá la emoción estaba en:
el ritmo;
la pausa;
la repetición;
la elección de una palabra simple en lugar de una explicación;
la relación entre música y texto;
lo que el cantante no termina de decir.
La traducción léxica puede ser impecable.
La experiencia comunicativa, no.
Esto mismo ocurre fuera de la música.
Podemos entender cada palabra y no entender la conversación
Es uno de los momentos más frustrantes para un estudiante avanzado.
Conoce el vocabulario.
Entiende la gramática.
No hay palabras desconocidas.
Y, sin embargo, después de una conversación piensa:
¿Qué quiso decir realmente?
Eso no demuestra que haya estudiado mal.
Significa que ha llegado a otra capa del idioma.
Ya no está intentando descodificar palabras.
Está intentando interpretar intenciones.
Ahí empieza la pragmática
¿Por qué dijo esto y no otra cosa?
¿Por qué utilizó ese diminutivo?
¿Por qué cambió de usted a tú?
¿Por qué repitió la palabra?
¿Por qué respondió con una pregunta?
¿Por qué dijo bueno antes de contestar?
¿Por qué se rió?
¿Por qué dejó una pausa?
¿Por qué dijo no pasa nada cuando evidentemente sí pasaba algo?
Estas preguntas no están fuera de la lengua.
Son lengua.
«No pasa nada» es un pequeño laboratorio
No pasa nada.
Puede tranquilizar.
Puede perdonar.
Puede minimizar un problema.
Puede cerrar una conversación.
Puede evitar un conflicto.
Puede ocultar molestia.
Puede incluso significar, en determinada situación:
Sí pasa algo, pero ahora no quiero hablar de ello.
¿Cómo puede una sola expresión hacer tantas cosas?
Porque el significado no se almacena únicamente dentro de las palabras.
Se construye entre las palabras y el contexto.
Aprender español significa aprender a calibrar
No basta con saber producir una frase correcta.
Hay que sentir gradualmente:
cuánta intensidad tiene;
cuánta cercanía crea;
qué presupone;
qué deja implícito;
qué tipo de respuesta invita;
si suena natural en esa relación;
si pertenece a esa variedad del español;
si una traducción aparentemente equivalente tiene realmente el mismo peso.
Por eso aprender español no debería reducirse a conjugaciones y listas de vocabulario.
Las conjugaciones importan.
El vocabulario importa.
Pero son el comienzo del instrumento.
Después hay que aprender a tocarlo.
Una lengua extranjera nos quita temporalmente parte de nuestra personalidad
Este fenómeno merece mucha más atención.
En nuestra lengua materna sabemos ser:
cariñosos;
secos;
irónicos;
cuidadosos;
divertidos;
distantes;
tiernos;
ambiguos;
firmes;
diplomáticos.
En una lengua nueva, al principio, perdemos gran parte de esa paleta.
No porque nuestra personalidad haya desaparecido.
Porque todavía no tenemos suficientes recursos para expresarla.
Sabemos decir:
Estoy feliz.
Estoy triste.
Me gusta.
No me gusta.
Pero quizá todavía no sabemos decir exactamente:
Estoy bien, pero preferiría no hablar de esto ahora.
O transmitir lo mismo sin formularlo explícitamente.
El progreso lingüístico consiste también en recuperar nuestra complejidad humana dentro de otra lengua.
Por eso enseñamos mecanismos, no solo respuestas
En Levitin Language School una lengua no es simplemente un conjunto de contenidos que deben completarse.
La pregunta importante no es únicamente:
¿Conoce el estudiante esta estructura?
Sino:
¿Entiende qué puede hacer con ella?
¿Puede elegir entre una forma directa y una indirecta?
¿Puede reconocer una emoción que no ha sido nombrada?
¿Puede adaptar la intensidad?
¿Puede interpretar una pausa?
¿Puede distinguir cercanía de exceso de familiaridad?
¿Puede seguir siendo él mismo en otra lengua?
Ese es un nivel mucho más profundo de competencia.
La dimensión internacional de la escuela y el trabajo de Language Learnings con el público estadounidense hacen todavía más evidente esta necesidad: cuando las personas cruzan fronteras lingüísticas, no trasladan simplemente vocabulario. Se encuentran sistemas diferentes de expectativas comunicativas.
Hablar bien no significa hablar más
Al principio necesitamos palabras.
Muchas.
Después necesitamos estructuras.
Después precisión.
Pero el desarrollo no termina ahí.
Llega un momento en el que hablar mejor significa saber seleccionar.
Decir más cuando hace falta.
Decir menos cuando basta.
Nombrar una emoción cuando el silencio podría destruir la relación.
Callar cuando una explicación innecesaria rompería el momento.
Ser directo cuando la claridad es una forma de respeto.
Ser indirecto cuando la relación necesita espacio.
La verdadera competencia no consiste en preferir siempre una estrategia.
Consiste en poder elegir.
No todo lo que sentimos necesita convertirse inmediatamente en una frase
Pero tampoco todo debería quedarse para siempre sin decir.
Ahí está la dificultad.
No existe una regla universal.
A veces el silencio protege.
A veces destruye.
A veces una declaración acerca.
A veces presiona.
A veces decir te quiero es exactamente lo que hace falta.
A veces el otro ya lo sabe, pero necesita escucharlo de todos modos.
Y a veces una persona dice mi amor veinte veces mientras evita precisamente la conversación que podría cambiarlo todo.
Por eso la pregunta realmente interesante no es:
¿Esta cultura expresa más emociones que aquella?
La pregunta es:
¿Cómo convierte cada persona y cada comunidad la experiencia interior en señales que otra persona pueda interpretar?
Palabras.
Gramática.
Entonación.
Contacto.
Acciones.
Repeticiones.
Silencios.
Todo forma parte del sistema.
Podemos hablar muchísimo y seguir sin decir lo esencial
Quizá por miedo.
Por costumbre.
Por vergüenza.
Por educación.
Por orgullo.
Porque todavía no lo entendemos.
Porque no sabemos cómo decirlo.
Porque creemos que el otro ya lo sabe.
O porque algunas cosas resultan extrañamente más fáciles de mostrar que de nombrar.
Por eso conocer una lengua no consiste únicamente en aprender a hablar.
Consiste también en aprender a escuchar lo que ocurre alrededor de las palabras.
La intensidad que no coincide con el diccionario.
El cariño escondido en una instrucción.
El rechazo dentro de una respuesta amable.
La vulnerabilidad detrás de una broma.
La distancia detrás de muchas palabras.
La cercanía dentro de tres.
Y quizá ahí comienza una forma más madura de competencia lingüística:
cuando dejamos de contar cuánto habla una persona
y empezamos a comprender qué está haciendo realmente con todo lo que dice
y con todo lo que todavía no puede decir.
Tymur Levitin
Fundador y director de Levitin Language School
Columna de autor sobre lengua, significado y respeto
Speak free. Learn smart.
© Tymur Levitin. Levitin Language School.
