APRENDER SIN ILUSIONES

¿Profesor nativo o profesor no nativo?

La pregunta aparece una y otra vez cuando alguien busca clases de inglés, alemán, francés, italiano, español, polaco, ucraniano o cualquier otro idioma.

Y suele venir acompañada de una distribución de funciones que parece bastante lógica.

El profesor nativo aporta conversación, pronunciación, expresiones reales y cultura.

El profesor no nativo explica mejor la gramática, comprende las dificultades del alumno y puede recurrir a su lengua materna cuando hace falta.

El problema no es que ninguna de estas ventajas pueda existir.

Claro que puede existir.

El problema aparece cuando convertimos tendencias posibles en categorías pedagógicas.

Porque ser nativo no es un método de enseñanza.

Y haber aprendido una lengua extranjera tampoco lo es.

La pregunta realmente útil no es:

¿Cuál de los dos tipos de profesor es mejor?

Sino:

¿Qué necesita saber hacer este profesor para que este alumno concreto avance?

Parece una diferencia pequeña.

En realidad cambia por completo la forma de elegir.

Hablar una lengua perfectamente no significa saber reconstruir cómo funciona

Pensemos por un momento en nuestra propia lengua.

Un hablante competente toma miles de decisiones lingüísticas cada día.

Sabe qué expresión suena natural.

Cambia el registro según la persona que tiene delante.

Interpreta una ironía.

Entiende una frase incompleta.

Detecta una combinación extraña de palabras.

Modifica la entonación.

Percibe cuándo una respuesta resulta demasiado brusca.

Entiende lo que alguien quiso decir aunque no lo haya formulado con precisión.

Y hace casi todo esto sin detenerse a analizar conscientemente el sistema.

Eso no es una carencia.

Es precisamente una señal de competencia.

Cuando una lengua está profundamente interiorizada, no necesitamos reconstruir sus reglas antes de cada frase.

Pero enseñar crea una tarea diferente.

El alumno pregunta:

¿Por qué no puedo decirlo así?

Un hablante nativo puede detectar inmediatamente que algo no funciona.

Puede incluso ofrecer una alternativa impecable.

Pero el alumno quizá necesite algo más.

¿Mi frase es gramaticalmente imposible?

¿O simplemente no es natural en este contexto?

¿Qué significado produce mi versión?

¿Cuándo sí podría utilizarla?

¿Por qué vuelvo a cometer exactamente el mismo error?

¿Qué tendría que detectar la próxima vez para corregirme sin ayuda?

Aquí aparece una diferencia fundamental:

saber cuál es la respuesta y saber por qué el alumno no consigue producirla son dos competencias distintas.

La intuición nativa es valiosa. Muchísimo.

Conviene dejar esto claro.

Cuestionar la superioridad automática del profesor nativo no significa negar el valor de la competencia nativa.

Un hablante nativo puede aportar una sensibilidad extraordinaria hacia:

las colocaciones;

el ritmo;

la entonación;

el registro;

la pragmática;

los modismos;

las variantes regionales;

las convenciones sociales;

el lenguaje cotidiano;

y la diferencia entre lo que una gramática permite y lo que una comunidad realmente suele decir.

En niveles avanzados, estas diferencias pueden ser decisivas.

Un estudiante ya no pregunta solamente:

¿Es correcto?

Empieza a preguntar:

¿Suena natural?

¿Suena demasiado formal?

¿Esto se diría realmente en una conversación?

¿Parece brusco?

¿Qué matiz cambia si utilizo la otra opción?

Un buen profesor nativo puede ser extraordinariamente útil en ese territorio.

Pero la intuición lingüística es un recurso.

No es por sí sola una pedagogía.

Tampoco lo es saber mucha gramática

Aquí aparece el error inverso.

Si el profesor no nativo tuvo que aprender conscientemente el idioma, quizá conozca muy bien sus reglas.

Puede explicar tiempos verbales.

Preposiciones.

Casos.

Modos.

Orden de palabras.

Concordancia.

Aspecto.

Subjuntivo.

Puede incluso conocer una terminología lingüística muy superior a la del hablante medio.

¿Significa eso que sabe enseñar?

No necesariamente.

Porque una clase puede ser gramaticalmente impecable y pedagógicamente insuficiente.

El alumno aprende:

Esta estructura se usa aquí.

Esta preposición va con esta palabra.

Para esta situación utilizamos este tiempo.

Esta es la excepción.

Memorízala.

Después llega una situación real.

Nadie anuncia:

Ahora tienes que utilizar la estructura que vimos el martes.

No hay cuatro respuestas entre las que elegir.

No hay una palabra subrayada que indique qué regla está siendo evaluada.

El alumno tiene que reconocer por sí mismo qué está ocurriendo y tomar una decisión lingüística.

Ahí aparece otra distinción importante:

conocer una regla no es lo mismo que reconocer cuándo esa regla se vuelve relevante.

Un error no nos dice todavía cuál es el problema

Imaginemos a tres alumnos que producen exactamente la misma frase incorrecta.

El error visible es idéntico.

Pero debajo pueden existir tres problemas completamente diferentes.

Alumno A: no comprende la distinción

Le falta una pieza del sistema.

Necesita una explicación.

Alumno B: comprende perfectamente la regla

Puede explicarla.

Resuelve ejercicios.

Reconoce la respuesta correcta.

Pero cuando habla, la estructura no aparece con suficiente rapidez.

Volver a explicar la regla probablemente no resolverá nada.

El problema ya no está en la comprensión.

Está en la recuperación y en el uso bajo presión.

Alumno C: conoce la regla, pero otra lengua organiza esa situación de manera diferente

Cuando tiene tiempo, produce la forma correcta.

Cuando la conversación se acelera, reaparece automáticamente el patrón de su primera lengua o de otra lengua que domina.

Aquí puede hacer falta análisis contrastivo.

Mismo error.

Tres mecanismos.

Tres intervenciones.

Por eso un profesor profesional no debería preguntar únicamente:

¿Qué regla ha infringido el alumno?

También necesita preguntarse:

¿Qué está generando este error?

Corregir no es diagnosticar

Esta diferencia parece pequeña hasta que observamos sus consecuencias.

El alumno produce una frase incorrecta.

El profesor la sustituye por la correcta.

El alumno repite.

¿Ha aprendido?

Tal vez.

Pero todavía no lo sabemos.

Puede haber memorizado esa frase concreta.

Puede haber entendido una distinción.

Puede haber recibido simplemente una solución que desaparecerá en cuanto cambie el contexto.

Una corrección útil debería dejar progresivamente algo transferible:

una relación;

una distinción;

una pregunta de control;

un patrón;

una manera de observar;

una estrategia de reformulación;

o una respuesta suficientemente entrenada como para aparecer cuando haga falta.

El objetivo no consiste únicamente en conseguir una frase mejor ahora.

Consiste en cambiar lo que el alumno podrá hacer después.

A veces el profesor debe comprender la intención antes de corregir la forma

Hay otra razón por la que la corrección automática puede fallar.

Una frase puede quedar perfectamente gramatical después de una corrección y, sin embargo, dejar de expresar lo que el alumno quería decir.

Antes de decidir qué tiempo verbal, modo o construcción corresponde, quizá tengamos que reconstruir la situación.

¿Qué ocurrió exactamente?

¿Qué quieres destacar?

¿Hablas de un proceso o de un resultado?

¿Es un hecho, una hipótesis o una expectativa?

¿Es un plan, una intención o un acuerdo?

¿Qué sabe ya tu interlocutor?

¿Qué información es nueva?

¿Qué relación quieres establecer entre los acontecimientos?

Cambian las respuestas.

Puede cambiar la gramática.

Por eso una buena intervención no siempre comienza con:

¿Qué tiempo verbal tenemos que usar?

A veces comienza con:

¿Qué quieres decir exactamente?

La diferencia es fundamental.

«Entiendo todo, pero cuando tengo que hablar me bloqueo»

Esta frase aparece constantemente entre estudiantes adultos.

Y es importante escuchar lo que realmente dice.

El alumno puede conocer mucha gramática.

Puede entender vídeos.

Puede leer.

Puede reconocer estructuras.

Puede incluso obtener buenos resultados en ejercicios.

Sin embargo, cuando empieza una conversación, parece perder parte de ese conocimiento.

Una explicación habitual es:

Te falta práctica.

A veces es verdad.

Pero «práctica» es una palabra demasiado amplia.

¿Qué hay que practicar exactamente?

Durante una conversación el alumno tiene que hacer varias cosas casi al mismo tiempo:

decidir qué quiere comunicar;

seleccionar información;

buscar vocabulario;

construir una estructura;

escuchar;

interpretar la reacción del interlocutor;

mantener el contexto;

planificar la siguiente parte;

y seguir hablando.

La gramática que funcionaba en un ejercicio ahora debe funcionar dentro de un sistema mucho más cargado.

Por eso comprender una estructura y disponer de ella durante una interacción espontánea son estados distintos del aprendizaje.

Si el profesor no distingue esos estados, el alumno puede pasar años «repasando gramática» cuando su problema real ya no es la gramática.

Conversar mucho tampoco garantiza que algo cambie

Aquí conviene cuestionar otra asociación frecuente:

native speaker = conversación = aprendizaje real.

La conversación real es valiosísima.

Expone al alumno a:

velocidad natural;

interrupciones;

vacilaciones;

reformulaciones;

referencias culturales;

lenguaje imprevisible;

cambios de registro;

decisiones pragmáticas;

y presión comunicativa.

Todo eso importa.

Pero una persona puede conversar durante años y conservar los mismos patrones problemáticos.

Por eso durante una conversación un profesor toma decisiones constantemente.

¿Interrumpo o dejo continuar?

¿Corrijo ahora o después?

¿Este error importa?

¿Es accidental?

¿Se está estabilizando?

¿La corrección ayudará o destruirá el flujo comunicativo?

¿El alumno necesita la forma correcta o necesita descubrir por qué sigue produciendo la incorrecta?

Demasiada corrección puede convertir la conversación en un interrogatorio gramatical.

Muy poca puede permitir que determinados patrones se consoliden.

Encontrar ese equilibrio es juicio pedagógico.

No viene incluido automáticamente con una lengua materna.

Inmersión no significa simplemente prohibir la lengua del alumno

En el aprendizaje de idiomas también existe una idea muy atractiva:

Cuanto más tiempo se utilice exclusivamente la lengua meta, mejor.

La exposición abundante es esencial.

Pero de ahí no se sigue que cualquier uso de otra lengua sea un error.

Supongamos que un hispanohablante aprende inglés.

O alemán.

O polaco.

O francés.

Algunas dificultades no aparecen porque el estudiante desconozca una regla.

Aparecen porque el español ya le ha enseñado a organizar determinada experiencia de una manera concreta.

Otra lengua puede dividir esa misma experiencia de otra forma.

Si el profesor comprende ambos sistemas, puede mostrar exactamente dónde se produce el desplazamiento.

No se trata de traducir cada frase.

Se trata de utilizar la comparación cuando permite hacer visible algo que el alumno no estaba viendo.

Eso puede ocurrir entre:

español e inglés;

español y alemán;

español y francés;

español e italiano;

español y polaco;

o cualquier otra combinación relevante.

Una comparación bien utilizada puede reducir la dependencia de la traducción en lugar de aumentarla.

Se puede dejar de traducir palabras y seguir traduciendo decisiones

Este problema aparece especialmente en niveles altos.

Un alumno dice:

Yo ya pienso en inglés.

Y puede ser cierto en un sentido importante.

Ya no busca equivalentes palabra por palabra.

Sin embargo, todavía puede trasladar desde el español:

la forma de organizar una petición;

el grado de cortesía;

la manera de expresar desacuerdo;

lo que considera demasiado directo;

la relación entre tiempo y resultado;

la estructura informativa;

la forma de introducir una opinión;

la cantidad de contexto que considera necesaria.

Es decir:

puede haber dejado de traducir palabras sin haber dejado de transferir decisiones comunicativas.

En niveles avanzados, estas diferencias pueden ser más importantes que muchos errores gramaticales básicos.

Y para detectarlas no basta con preguntar si el profesor es nativo.

Hay que preguntar qué sabe observar.

¿Y la pronunciación? ¿No es mejor un profesor nativo?

Un buen modelo fonético importa.

Pero la pregunta sigue siendo demasiado amplia.

¿Nativo de dónde?

¿Reino Unido?

¿Estados Unidos?

¿Canadá?

¿Irlanda?

¿Australia?

¿Una región concreta?

Las lenguas reales contienen variación.

No existe un único «acento nativo» abstracto.

Y además necesitamos definir el objetivo.

Para muchos adultos, el objetivo útil no consiste en borrar cualquier rastro de origen.

Consiste en conseguir una pronunciación:

inteligible;

estable;

fácil de procesar;

adecuada al contexto profesional y social;

y suficientemente resistente cuando aumenta la velocidad o el estrés.

Un hablante nativo puede ofrecer un excelente modelo.

Pero diagnosticar pronunciación exige algo más.

¿El alumno no produce un contraste porque no puede articularlo?

¿O porque todavía no lo percibe?

¿El problema está realmente en un sonido?

¿O en el ritmo?

¿En el acento de palabra?

¿En el acento de frase?

¿En la entonación?

¿Qué rasgos afectan a la inteligibilidad?

¿Cuáles son simplemente características de su acento que no impiden la comunicación?

Dar un modelo y saber modificar una pronunciación no son exactamente la misma competencia.

La lengua «real» tampoco pertenece a una sola persona

Hay otra expectativa asociada al profesor nativo:

Con él aprenderé el idioma de verdad.

Pero ¿qué idioma real?

Un idioma no es una única forma de hablar.

Una persona utiliza variedades diferentes según:

su región;

su edad;

su profesión;

su grupo social;

el contexto;

el interlocutor;

el medio escrito u oral;

el grado de formalidad.

Un profesor nativo no representa «todo el idioma».

Representa una experiencia lingüística concreta dentro de una comunidad mucho más amplia.

Esto no reduce su valor.

Lo sitúa correctamente.

Un profesor profesional debería poder distinguir entre:

así lo digo yo

y

así funciona esta opción dentro de un sistema más amplio de variedades y registros.

Esa diferencia es especialmente importante cuando el alumno utilizará el idioma internacionalmente y no solamente dentro de una comunidad local.

Ser nativo describe una biografía. Ser profesor describe una función.

Esta distinción permite ordenar todo el debate.

Nativo nos dice algo importante sobre la historia lingüística de una persona.

No nos dice automáticamente:

si sabe enseñar;

si puede diagnosticar;

si comprende la primera lengua del alumno;

si sabe explicar;

si sabe cuándo no explicar;

si puede diseñar una progresión;

si distingue conocimiento de automatización;

si sabe trabajar con pronunciación;

si sabe adaptar una tarea;

si sabe comprobar transferencia.

Del mismo modo, no nativo tampoco demuestra ninguna de esas competencias.

Puede existir un profesor no nativo extraordinario.

Y uno mediocre.

Exactamente igual que entre profesores nativos.

El eje relevante no es:

nativo ↔ no nativo

sino un conjunto de capacidades profesionales.

Cinco competencias que conviene separar

Cuando decimos «buen profesor de idiomas», solemos comprimir demasiadas cosas en una sola expresión.

Conviene distinguir al menos cinco.

1. Competencia lingüística

¿Puede utilizar el idioma con precisión, naturalidad y flexibilidad?

2. Conciencia lingüística

¿Puede observar y reconstruir conscientemente procesos que un usuario competente normalmente ejecuta de forma automática?

3. Capacidad diagnóstica

¿Puede determinar por qué este alumno concreto produce este problema concreto?

4. Capacidad pedagógica

¿Puede convertir ese diagnóstico en una intervención que cambie comprensión, percepción o ejecución?

5. Capacidad adaptativa

¿Puede cambiar de estrategia cuando la primera explicación, ejercicio o enfoque no funciona?

Estas capacidades pueden coexistir en un profesor nativo.

También en uno no nativo.

Y ninguna puede deducirse únicamente del lugar donde alguien nació.

Los certificados importan. Pero tampoco sustituyen la observación

Formación.

Titulaciones.

Certificaciones.

Experiencia.

Todo importa.

Pero una credencial demuestra determinada preparación.

No demuestra que una persona sea automáticamente adecuada para cualquier alumno.

Tampoco los años de experiencia hablan por sí solos.

Veinte años pueden significar veinte años de observación, revisión y desarrollo profesional.

O pueden significar veinte años repitiendo el mismo procedimiento.

Por eso, además de preguntar cuánto tiempo lleva enseñando alguien, conviene observar:

¿Qué hace cuando el alumno no entiende?

¿Qué hace cuando entiende pero no puede usar?

¿Cambia la tarea?

¿Cambia la explicación?

¿Busca la causa?

¿Comprueba si lo aprendido aparece en una situación nueva?

¿Sabe retirar ayuda?

La experiencia adquiere valor cuando modifica la calidad de las decisiones.

Entonces, ¿qué preguntas conviene hacer antes de elegir profesor?

En lugar de empezar únicamente por:

¿Eres nativo?

podemos preguntar:

¿Cómo determinas por qué repito siempre el mismo error?

¿Qué haces si entiendo una explicación pero sigo sin poder utilizarla al hablar?

¿Cómo decides qué corregir durante una conversación?

¿Trabajas de manera diferente con alumnos que tienen distintas lenguas maternas?

¿Qué haces cuando tu primera explicación no funciona?

¿Cómo sabes que he aprendido algo y no simplemente que he entendido la clase de hoy?

¿Cómo compruebas si puedo utilizar lo aprendido en una situación nueva?

Estas preguntas revelan mucho más sobre lo que realmente ocurrirá durante las clases.

El profesor no debería convertirse en una prótesis permanente

Hay una forma sencilla de observar el progreso.

Al principio el profesor detecta el error.

Después el alumno lo detecta cuando ya ha terminado la frase.

Más tarde lo detecta mientras habla.

Finalmente puede anticipar la decisión antes de cometer el error.

Al principio el profesor proporciona la palabra.

Después el alumno aprende a reformular cuando no la encuentra.

Al principio el profesor explica una diferencia.

Más tarde el alumno reconoce esa diferencia en una situación que nunca había visto.

Eso significa que algo importante está ocurriendo:

el control se está transfiriendo.

El profesor sigue siendo necesario para nuevos desafíos.

Pero cada vez es menos necesario para los antiguos.

Ese debería ser uno de los efectos del aprendizaje.

Porque aprender un idioma no consiste en convertirse en una persona que necesita mejores correcciones.

Consiste en convertirse progresivamente en una persona capaz de tomar mejores decisiones lingüísticas por sí misma.

Entonces: ¿profesor nativo o profesor profesional?

La oposición estaba mal construida desde el principio.

Un profesor puede ser nativo y profesional.

Puede no ser nativo y ser un excelente profesional.

Un hablante nativo puede aportar recursos lingüísticos extraordinarios y no saber enseñar.

Un profesor no nativo puede conocer perfectamente la gramática y no saber diagnosticar.

Ninguna etiqueta resuelve por sí sola la cuestión.

Por eso la pregunta útil es otra:

¿Qué sabe observar, diagnosticar, explicar, entrenar y adaptar este profesor, y coincide eso con lo que yo necesito aprender?

Es una pregunta menos cómoda.

No cabe en una casilla de búsqueda.

Pero describe mucho mejor la realidad del aprendizaje.

Elegir profesor significa elegir decisiones educativas

Una clase individual no es simplemente una hora de acceso a alguien que sabe más idioma que nosotros.

Durante esa hora se toman continuamente decisiones:

¿Qué corregimos?

¿Qué dejamos para más adelante?

¿Qué necesita explicación?

¿Qué necesita práctica?

¿Qué error procede de otra lengua?

¿Qué conocimiento existe pero todavía no está disponible bajo presión?

¿Cuándo utilizamos comparación?

¿Cuándo retiramos ayuda?

¿Cuándo aumentamos la dificultad?

¿Cuándo debe descubrir algo el propio alumno?

¿Cuándo una forma incorrecta es un accidente?

¿Cuándo revela un problema más profundo?

Esas decisiones construyen el aprendizaje.

Por eso en Levitin Language School la selección de un profesor no se reduce a encontrar a una persona disponible que hable el idioma solicitado.

Primero está la tarea educativa.

Después viene la pregunta:

¿Qué profesor tiene las competencias adecuadas para esa tarea?

Aprendizaje individual de idiomas en Levitin Language School

Levitin Language School trabaja online con niños, adolescentes, estudiantes, adultos, profesionales, migrantes y personas que necesitan utilizar otro idioma en contextos reales de estudio, trabajo o vida cotidiana.

Nuestra arquitectura educativa conecta tres áreas:

Idiomas

Materias académicas

Idioma + materia

No partimos de la idea de que existe un único método válido para todos.

Partimos del diagnóstico:

¿Qué sabe ya el alumno?

¿Qué puede utilizar realmente?

¿En qué condiciones deja de funcionar ese conocimiento?

¿Qué mecanismo está produciendo la dificultad?

¿Cuál es la siguiente intervención útil?

¿Y qué profesor corresponde mejor a esa tarea?

Versión en español de Levitin Language School:

https://levitintymur.com/es/

Language Learnings — nuestra dirección educativa internacional:

https://languagelearnings.com/

Blog educativo de Tymur Levitin:

https://timurlevitin.blogspot.com/

Contacto con Levitin Language School

WhatsApp / Viber: +380932913429
Telegram: @START_SCHOOL_TYMUR_LEVITIN
Email: notification@levitintymur.com

Tymur Levitin
Fundador y director de Levitin Language School
Idiomas • Materias académicas • Idioma + materia

© Tymur Levitin. Todos los derechos reservados.