Entiendes la pregunta.

Sabes lo que la otra persona quiere decir.

Incluso sabes, más o menos, qué quieres responder.

Pero cuando llega el momento de hacerlo en inglés, aparece un problema inesperado.

Buscas una palabra.

Cambias el comienzo de la frase.

Intentas recordar una estructura gramatical.

Descartas una expresión porque no estás seguro de que sea correcta.

Mientras tanto, la conversación continúa.

Y una idea que en tu propia lengua habría aparecido en pocos segundos termina reducida a una respuesta mucho más simple:

Yes, I think so.

Después piensas:

«Podría haber dicho mucho más. Yo sabía cómo decirlo».

Esta experiencia es muy común entre estudiantes que ya entienden bastante inglés.

Por eso surge una pregunta aparentemente extraña:

¿Cómo es posible entender inglés y, al mismo tiempo, tener tantas dificultades para hablarlo?

Una parte de la respuesta está en una diferencia que muchas veces pasa desapercibida:

conocer recursos lingüísticos no es lo mismo que poder improvisar con ellos.

Una conversación nunca llega completamente preparada

Cuando hacemos un ejercicio, conocemos muchas cosas de antemano.

Sabemos el tema.

Vemos las palabras.

Conocemos la estructura que estamos practicando.

A veces incluso sabemos qué tipo de respuesta espera el profesor.

Una conversación real funciona de otra manera.

No sabemos exactamente qué preguntará la otra persona.

No sabemos qué palabra utilizará.

No sabemos si estaremos de acuerdo.

No sabemos si tendremos que explicar, corregir, justificar, comparar, rechazar, aclarar o cambiar de tema.

Por eso hablar no consiste únicamente en recuperar frases almacenadas.

También exige construir una respuesta para una situación que no existía exactamente de esa forma antes de que comenzara la conversación.

Eso es improvisación lingüística.

Improvisar no significa hablar sin conocimientos

La palabra improvisar puede producir una impresión equivocada.

No significa inventar inglés al azar.

Un músico que improvisa no toca notas aleatorias.

Trabaja con un sistema que conoce:

ritmo,

armonía,

estructura,

patrones,

posibilidades,

restricciones.

Con el idioma ocurre algo parecido.

Para improvisar necesitamos vocabulario.

Necesitamos gramática.

Necesitamos pronunciación.

Necesitamos experiencia.

Pero esos conocimientos tienen que convertirse en material que podamos reorganizar cuando la situación cambia.

Podemos conocer cien estructuras y seguir dependiendo de cinco respuestas preparadas.

También podemos conocer menos y, sin embargo, utilizar esos recursos con mucha flexibilidad.

Por eso la cantidad de conocimientos y la capacidad de conversar no crecen siempre al mismo ritmo.

Entender nos permite trabajar con una construcción ya terminada

Escuchamos:

I wouldn’t have done that if I’d known what was going to happen.

Quizá entendemos perfectamente la frase.

Pero observemos todo lo que ya ha ocurrido antes de que llegue a nuestros oídos.

El hablante decidió qué quería expresar.

Relacionó dos situaciones.

Eligió una perspectiva contraria a los hechos.

Seleccionó los tiempos.

Organizó las palabras.

Produjo los sonidos.

Nosotros recibimos el resultado.

Ahora imaginemos que queremos expresar una idea semejante sin tener la frase delante.

La situación es distinta.

No estamos interpretando una construcción.

Tenemos que crearla.

Y, además, debemos hacerlo mientras otra persona espera nuestra respuesta.

Por eso comprender una estructura muchas veces llega antes que poder utilizarla espontáneamente.

El problema aparece cuando cambia ligeramente la situación

Supongamos que un estudiante ha practicado muchas veces:

What did you do last weekend?

Responde con facilidad.

Habla de una película.

De una cena.

De sus amigos.

De un viaje.

Todo funciona.

Ahora cambiamos la pregunta:

What would you have done differently if you had had more time?

El tema sigue siendo el fin de semana.

Gran parte del vocabulario sigue siendo útil.

Pero la tarea lingüística ha cambiado.

Ya no basta con narrar.

Ahora hay que imaginar una alternativa a una situación pasada.

De repente, el estudiante puede sentirse mucho menos seguro.

Eso nos muestra algo importante.

No siempre falla el «inglés general».

A veces falla la capacidad de reorganizar recursos conocidos para realizar una operación comunicativa diferente.

Aprender frases útiles ayuda, pero no puede cubrir todas las conversaciones posibles

Las expresiones preparadas son valiosas.

Por ejemplo:

In my opinion…

As far as I know…

It depends on…

The main reason is…

Pueden reducir el esfuerzo necesario para empezar a hablar.

El problema aparece cuando intentamos construir toda la capacidad comunicativa como un catálogo de respuestas.

La realidad siempre produce combinaciones nuevas.

Podemos aprender cómo pedir comida en un restaurante.

Pero el camarero puede no entendernos.

El plato puede no estar disponible.

Podemos descubrir un ingrediente que no conocemos.

Podemos necesitar explicar una alergia.

Puede haber un error en la cuenta.

Una situación aparentemente sencilla empieza a generar variantes.

No podemos memorizar previamente cada conversación futura.

En algún momento necesitamos aprender a construir con lo que tenemos.

Una palabra olvidada revela cómo funciona todo el sistema

Imaginemos que quieres decir:

enchufe

pero no recuerdas la palabra inglesa socket.

¿Qué haces?

Una posibilidad es detenerte:

I don’t know this word in English.

Otra:

The place in the wall where you connect the charger.

La segunda frase puede no ser elegante.

Pero cumple una función extraordinariamente importante.

Has perdido una palabra y has conservado la conversación.

Esto es improvisación.

No has recuperado el elemento exacto.

Has construido otra ruta hacia el significado.

Y esta capacidad cambia profundamente la experiencia de hablar una lengua extranjera.

Ya no necesitas tener disponible cada palabra antes de empezar.

Necesitas suficientes recursos para poder reorganizarlos.

Un vocabulario más pequeño puede ser más funcional que uno enorme

Dos estudiantes conocen cantidades diferentes de palabras.

El primero reconoce 12.000.

El segundo, 7.000.

¿Quién habla mejor?

No podemos saberlo con esos datos.

El primer estudiante puede depender mucho de la palabra exacta.

Si no aparece, se detiene.

El segundo quizá sabe:

describir,

comparar,

dar ejemplos,

utilizar una categoría más general,

reformular,

preguntar,

construir una explicación.

En determinadas conversaciones, esos 7.000 elementos pueden producir más comunicación que los 12.000 del otro estudiante.

Esto no significa que aprender vocabulario sea innecesario.

Significa que debemos distinguir entre:

cantidad de recursos

y

flexibilidad en el uso de esos recursos.

La gramática también puede ser flexible o rígida

Pensemos en un estudiante que quiere expresar una idea compleja.

Empieza una frase.

A mitad de camino descubre que la construcción que había elegido es demasiado difícil.

¿Qué ocurre?

Una posibilidad es intentar salvar exactamente esa construcción.

La conversación se ralentiza.

Aparecen errores.

El estudiante pierde el hilo.

Otra posibilidad es abandonar la estructura y empezar de nuevo con dos frases más sencillas.

El contenido sobrevive.

Esta capacidad es importante porque hablar espontáneamente significa trabajar con decisiones que todavía están evolucionando.

No siempre sabemos al principio de una frase cómo terminará.

También los hablantes competentes reformulan.

Cambian la estructura.

Añaden aclaraciones.

Corrigen.

Empiezan otra vez.

Una lengua viva no se produce como un texto que primero se termina y después se lee en voz alta.

El perfeccionismo reduce el espacio para improvisar

Si cada frase debe ser perfecta antes de ser pronunciada, las posibilidades disminuyen.

Solo utilizaremos estructuras que podamos controlar completamente.

Solo elegiremos palabras seguras.

Evitaremos ideas demasiado complejas.

Reduciremos nuestras respuestas.

Y, paradójicamente, cuanto más queremos demostrar todo lo que sabemos, menos podemos utilizar.

La precisión importa.

Pero una conversación también exige tolerar cierta incertidumbre.

Podemos empezar una frase sin conocer todavía su forma final.

Podemos sustituir una palabra.

Podemos corregirnos.

Podemos descubrir durante la propia explicación que necesitamos expresar la idea de otra manera.

Eso no representa un fracaso del lenguaje.

Es parte del funcionamiento normal del lenguaje.

Hablar más no garantiza que improvisemos mejor

Una persona puede participar en muchas conversaciones y utilizar siempre los mismos caminos.

Las mismas palabras.

Los mismos tiempos verbales.

Las mismas opiniones.

Las mismas estructuras para empezar y terminar.

Habla mucho.

Pero improvisa poco.

Por eso una buena práctica oral no debería limitarse a aumentar el número de minutos.

También debería modificar las condiciones.

Por ejemplo:

explica la misma idea a una persona diferente;

defiende la posición contraria;

cuenta la historia empezando por el final;

explica un concepto sin utilizar la palabra principal;

responde sin preparación;

resume una idea complicada en tres frases sencillas;

después desarrolla esas tres frases durante dos minutos;

reacciona a una objeción inesperada.

El objetivo no es hacer el ejercicio artificialmente difícil.

Es obligar al sistema lingüístico a buscar rutas nuevas.

Si siempre conocemos la pregunta, entrenamos otra habilidad

Preparar respuestas puede ser muy útil.

Permite trabajar pronunciación.

Vocabulario.

Organización.

Precisión.

Pero una respuesta preparada no nos dice completamente qué ocurrirá cuando aparezca una pregunta nueva.

Imaginemos que un estudiante prepara una excelente presentación sobre su trabajo.

Habla durante cinco minutos con seguridad.

Después alguien pregunta:

What do people usually misunderstand about your job?

De repente aparecen pausas.

¿Ha desaparecido su inglés?

No.

Ha cambiado la tarea.

La presentación permitía preparar las decisiones lingüísticas con antelación.

La pregunta obliga a tomarlas ahora.

Precisamente esa diferencia debe formar parte del entrenamiento.

Podemos entrenar la variación, no solo la repetición

La repetición ayuda a automatizar.

La variación ayuda a flexibilizar.

Necesitamos ambas.

Tomemos una estructura sencilla:

I prefer X because…

Primero podemos repetirla con diferentes ejemplos.

Después cambiamos la tarea:

I used to prefer X, but now…

Luego:

Although I prefer X…

Después:

If X were cheaper, I would…

Más tarde eliminamos completamente la estructura y pedimos al estudiante que exprese las mismas relaciones como quiera.

Ya no entrenamos solamente una frase.

Entrenamos la capacidad de reorganizar significado y forma.

La conversación real obliga a trabajar con información incompleta

Durante una conversación no controlamos todo.

A veces no entendemos una palabra.

A veces no estamos seguros de haber entendido la intención.

Podemos preguntar:

Do you mean…?

Are you saying that…?

Could you explain what you mean by…?

Estas expresiones no son señales de incompetencia.

Son herramientas para gestionar una situación incompleta.

Lo mismo ocurre cuando el problema está en nuestra propia producción:

I don’t know the exact word, but…

What I’m trying to say is…

Let me put it another way.

Un hablante funcional no es alguien que nunca encuentra problemas.

Es alguien que dispone de maneras de seguir operando cuando aparece un problema.

La verdadera prueba no es repetir lo aprendido, sino transformarlo

Has aprendido una estructura.

Perfecto.

Ahora podemos hacer preguntas diferentes.

¿Puedes utilizarla con otro vocabulario?

¿Puedes expresar el mismo significado sin esa estructura?

¿Puedes reconocer una situación nueva en la que resulte útil?

¿Puedes combinarla con algo que aprendiste hace seis meses?

¿Puedes simplificarla?

¿Puedes convertir una afirmación en una objeción?

¿Puedes usarla mientras tu atención está centrada en una historia y no en la gramática?

Cuando el conocimiento soporta estas transformaciones, empieza a convertirse en una herramienta flexible.

Por eso dos personas con el mismo problema pueden necesitar trabajos opuestos

Dos estudiantes dicen:

Entiendo inglés, pero no puedo hablarlo.

Uno tiene realmente poco vocabulario.

Necesita ampliarlo.

Otro conoce miles de palabras, pero busca siempre la palabra perfecta.

Necesita aprender a trabajar con aproximaciones y reformulaciones.

Otro domina la gramática, pero solo cuando sabe qué estructura debe utilizar.

Necesita practicar selección independiente.

Otro habla bastante, pero repite constantemente las mismas construcciones.

Necesita variación.

Otro puede construir frases complejas, pero se bloquea cuando comete un error.

Necesita aprender a reparar la comunicación.

El síntoma puede parecer idéntico.

El trabajo pedagógico no debería serlo.

Por eso, en el aprendizaje del inglés, una enseñanza individual tiene sentido cuando permite observar no solo qué conocimientos faltan, sino también qué puede hacer el estudiante con los recursos que ya posee cuando la situación deja de estar preparada.

Un ejercicio sencillo para comprobar tu capacidad de improvisación

Elige un tema que conozcas bien.

Por ejemplo:

tu trabajo.

Habla durante un minuto.

Después vuelve a hablar del mismo tema, pero con una condición diferente.

Explícaselo a un niño.

Ahora a un especialista de tu sector.

Después explica por qué alguien podría no querer hacer tu trabajo.

Luego describe tu profesión sin utilizar tres palabras importantes relacionadas con ella.

Después responde:

What would make you leave this profession?

Y finalmente:

What opinion about your profession have you changed during the last five years?

El conocimiento temático es prácticamente el mismo.

Pero cada pregunta obliga a reorganizar el idioma.

Observa qué ocurre.

¿Faltan palabras?

¿Intentas construir frases demasiado complejas?

¿Puedes cambiar de ruta?

¿Utilizas siempre las mismas estructuras?

¿Una palabra desconocida destruye toda la explicación?

Ahí aparece información mucho más precisa que en la simple pregunta:

¿Cuál es mi nivel de inglés?

El objetivo no es estar preparado para cada conversación

Eso sería imposible.

Nunca podremos anticipar todas las preguntas.

Todos los temas.

Todos los interlocutores.

Todos los acentos.

Todas las palabras.

Todas las situaciones.

Una lengua no se domina preparando millones de respuestas posibles.

Se desarrolla un sistema suficientemente rico y flexible para construir respuestas que nunca habíamos preparado exactamente de esa manera.

Por eso existe una diferencia fundamental entre:

estar preparado

y

ser capaz de responder.

La preparación sigue siendo útil.

Pero la autonomía comienza cuando el idioma puede sobrevivir al final de la preparación.

Quizá no necesites aprender mucho más antes de empezar a hablar mejor

Si entiendes bastante inglés, ya posees recursos importantes.

Eso no significa que no debas seguir aprendiendo.

Significa que conviene hacer otra pregunta además de:

¿Qué me falta?

Pregunta también:

¿Qué puedo construir con lo que ya tengo?

¿Puedes describir una palabra olvidada?

¿Simplificar una idea?

¿Cambiar una frase a mitad de camino?

¿Explicar lo mismo de dos maneras?

¿Responder a algo que no habías preparado?

¿Mantener la comunicación después de un error?

¿Usar una estructura conocida con una intención nueva?

Cada una de estas acciones transforma el conocimiento en una capacidad más flexible.

Y ahí puede encontrarse una de las claves para entender la conocida paradoja:

«Entiendo inglés, pero no consigo hablarlo».

Quizá el problema no sea que dentro de ti haya demasiado poco inglés.

Quizá una parte importante del siguiente paso consista en dejar de tratar ese inglés únicamente como un conjunto de respuestas que hay que recordar.

Las conversaciones no vienen escritas.

Hay que construirlas mientras ocurren.

Y aprender a hacer precisamente eso forma parte de aprender a hablar.


Sobre el autor

Tymur Levitin
Fundador y director de Levitin Language School, profesor de idiomas, traductor certificado y autor de materiales educativos.

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