COLUMNA DEL AUTOR | TYMUR LEVITIN SOBRE LENGUA, SIGNIFICADO Y RESPONSABILIDAD

Tymur Levitin | Founder, Director & Senior Teacher, Levitin Language School

Aprender más rápido es posible.

Aprender todo más rápido no significa lo mismo.

Esta diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la manera de entender frases como:

«Aprende inglés en 30 días».

Treinta días pueden ser suficientes para transformar una parte importante de la relación de una persona con el idioma.

Puede empezar a hablar donde antes permanecía en silencio.

Puede recuperar conocimientos que llevaba años sin utilizar.

Puede prepararse para situaciones concretas de un viaje, un trabajo o una mudanza.

Puede mejorar considerablemente su comprensión oral.

Puede aprender a desenvolverse en conversaciones que antes evitaba.

Todo eso es posible.

Lo que no podemos hacer profesionalmente es decidir, antes de conocer a la persona, que el mismo periodo producirá el mismo resultado en todos.

Por eso, en Levitin Language School no partimos de la promesa «inglés en 30 días».

Partimos de otra pregunta:

¿qué necesitamos conseguir exactamente con esos 30 días?

Aprender rápido y comprimir el aprendizaje no son lo mismo

Podemos acelerar muchas cosas.

Podemos aumentar la frecuencia de las clases.

Podemos seleccionar mejor el vocabulario.

Podemos eliminar contenidos que no son prioritarios.

Podemos crear más contacto con el inglés fuera de las clases.

Podemos concentrarnos en situaciones que el estudiante realmente necesita.

Podemos corregir un problema metodológico que estaba haciendo perder meses de trabajo.

Todo eso puede acelerar el progreso.

Pero acelerar un proceso no significa que todos sus componentes puedan comprimirse de la misma manera.

Comprender una explicación puede ocurrir en minutos.

Reconocer una estructura puede requerir algo más de práctica.

Utilizarla correctamente en un ejercicio es otro paso.

Elegirla espontáneamente mientras se habla de algo completamente distinto es otro.

Y mantener esa capacidad cuando aumenta la velocidad, cambia el interlocutor o aparece una situación inesperada es todavía otra cosa.

Por eso no existe una sola velocidad de «aprender inglés».

Existen muchos procesos que avanzan a ritmos diferentes.

Una explicación rápida no produce automáticamente una habilidad rápida

Imaginemos que explicamos una estructura gramatical en diez minutos.

El estudiante la entiende.

Después completa correctamente diez ejercicios.

¿La ha aprendido?

La respuesta depende de lo que entendamos por aprender.

Si queremos decir:

«Comprende la regla y puede reconocerla»,

probablemente sí.

Si queremos decir:

«Puede utilizarla espontáneamente mientras piensa en el contenido de una conversación real»,

todavía no lo sabemos.

Porque en una conversación nadie anuncia:

«Ahora tienes que utilizar esta estructura».

La persona tiene que identificar por sí misma qué quiere expresar, elegir una perspectiva, encontrar palabras, construir la frase, pronunciarla, escuchar la respuesta y preparar lo que va a decir después.

La gramática deja de ser el centro de atención.

Se convierte en una de muchas decisiones simultáneas.

Ahí empieza otro tipo de conocimiento.

Saber algo y poder usarlo son estados diferentes

Esta diferencia explica una experiencia muy común.

Un estudiante dice:

«Conozco esta regla, pero cuando hablo no la uso».

No necesariamente hay una contradicción.

Puede conocerla.

Puede incluso explicarla perfectamente.

Pero el conocimiento todavía puede necesitar demasiado tiempo, demasiada atención consciente o una situación demasiado predecible para activarse.

En otras palabras:

la información está disponible, pero todavía no está suficientemente integrada en la acción.

Por eso repetir una explicación no siempre resuelve el problema.

A veces la persona no necesita conocer mejor la regla.

Necesita aprender a acceder a ella en condiciones diferentes.

El idioma real exige decisiones

Esta es una de las razones por las que no reduzco el aprendizaje de idiomas a memorizar palabras y reglas.

Una lengua se utiliza tomando decisiones.

¿Digo esto de manera directa o más diplomática?

¿Presento el hecho como terminado o lo conecto con la situación actual?

¿Necesito explicar el proceso o solo el resultado?

¿Qué información puede dar por conocida mi interlocutor?

¿Qué palabra es suficientemente precisa?

¿Qué hago si no conozco esa palabra?

¿Puedo expresar la misma idea de otra manera?

Estas decisiones no aparecen separadas en la conversación real.

Aparecen juntas.

Por eso una persona puede haber estudiado muchas estructuras y seguir teniendo dificultades para construir una frase espontánea.

No le falta necesariamente «más gramática».

Quizá necesita transformar conocimiento fragmentado en un sistema de decisiones.

Entonces, ¿qué puede cambiar realmente en 30 días?

Muchísimo.

Pero necesitamos definir el objetivo.

Supongamos que una persona va a empezar a trabajar con clientes internacionales dentro de un mes.

No necesita «todo el inglés».

Necesita identificar las situaciones que probablemente aparecerán.

Presentarse.

Explicar qué hace.

Describir un problema.

Pedir información.

Confirmar que ha entendido correctamente.

Responder a preguntas frecuentes.

Pedir que alguien repita algo.

Explicar una solución.

Mantener una conversación breve antes de una reunión.

Ahora sí tenemos un objetivo que puede convertirse en trabajo concreto.

Podemos seleccionar vocabulario.

Podemos identificar estructuras recurrentes.

Podemos simular conversaciones.

Podemos trabajar con diferentes acentos y velocidades.

Podemos observar dónde se rompe la comunicación.

Podemos enseñar estrategias para continuar hablando cuando falta una palabra.

En 30 días, el cambio puede ser enorme.

Pero no necesitamos llamarlo «aprender inglés en 30 días».

Podemos describir exactamente lo que la persona ha conseguido.

Eso es más útil.

Cuanto menos tiempo tenemos, más importante es elegir

Existe una idea intuitiva:

si tenemos poco tiempo, debemos estudiar más cosas.

No siempre.

A veces ocurre exactamente lo contrario.

Cuando el tiempo es limitado, la selección se vuelve todavía más importante.

Si una persona tiene una entrevista de trabajo dentro de tres semanas, quizá no sea el momento de intentar completar un programa general.

Necesitamos saber:

qué tendrá que explicar;

qué preguntas pueden aparecer;

qué vocabulario necesita realmente;

qué errores dificultan la comprensión;

dónde pierde demasiado tiempo construyendo una respuesta;

qué puede aprender ahora;

y qué puede esperar.

Un programa intensivo no debería ser simplemente un programa normal ejecutado a mayor velocidad.

Debería tener una arquitectura diferente.

Personalizar también significa eliminar

Cuando hablamos de enseñanza personalizada, solemos pensar en añadir.

Más materiales específicos.

Más ejercicios adaptados.

Más temas relacionados con los intereses del estudiante.

Pero la personalización también consiste en quitar.

Quitar contenido que no responde a la necesidad actual.

Quitar ejercicios que practican algo que el estudiante ya domina.

Quitar explicaciones repetidas cuando el problema no está en la comprensión.

Quitar complejidad innecesaria de una fase inicial.

Esto puede acelerar mucho el aprendizaje sin prometer milagros.

Porque no estamos comprimiendo artificialmente el idioma.

Estamos reduciendo el desperdicio.

Dos estudiantes con el mismo nivel pueden necesitar clases completamente diferentes

Imaginemos que ambos tienen aproximadamente B1.

El primero habla con facilidad, pero comete errores sistemáticos.

El segundo construye frases bastante correctas, pero necesita demasiado tiempo para responder.

¿Deberían seguir exactamente el mismo programa?

Probablemente no.

En el primer caso necesitamos investigar por qué determinados errores sobreviven incluso cuando la persona conoce la regla.

En el segundo, quizá tengamos que trabajar con acceso al vocabulario, automatización, reformulación y velocidad de construcción.

El nivel general puede ser parecido.

El mecanismo del problema no lo es.

Por eso la personalización no empieza con:

«¿Qué libro prefieres?»

Empieza con:

«¿Qué está ocurriendo cuando intentas utilizar el idioma?»

El inglés no tiene por qué permanecer aislado

Hay otro modo de acelerar la transformación del conocimiento en uso real.

Dejar de utilizar el inglés únicamente para hablar sobre inglés.

Cuando una persona empieza a estudiar matemáticas, ciencias, tecnología u otro campo a través del inglés, cambia la función del idioma.

Ya no pregunta únicamente:

«¿Qué significa esta palabra?»

Tiene que comprender una idea.

Relacionar conceptos.

Seguir una explicación.

Resolver un problema.

Argumentar.

Utilizar vocabulario porque lo necesita para otra tarea.

En nuestra arquitectura educativa distinguimos por eso tres capas:

Languages · Academic Subjects · Language + Subject.

El idioma puede ser objeto de estudio.

Una asignatura puede ser objeto de estudio.

Y también podemos utilizar una lengua para acceder a otra área de conocimiento.

En ese tercer caso, el inglés deja progresivamente de ser solo «algo que estoy aprendiendo» y empieza a convertirse en algo con lo que aprendo.

La ruta de inglés debería empezar por la función que necesitas

Por la misma razón, no creo que todas las personas necesiten exactamente el mismo curso de inglés.

Una persona necesita inglés para vivir en otro país.

Otra, para reuniones profesionales.

Otra, para estudiar.

Otra, para comunicarse durante viajes.

Otra entiende mucho pero no habla.

Otra habla, pero quiere construir un sistema más preciso y maduro.

La pregunta correcta no es únicamente:

«¿Cuál es mi nivel?»

También necesitamos preguntar:

«¿Qué función debe cumplir el inglés en mi vida?»

A partir de ahí podemos diseñar una ruta mucho más precisa.

Para quienes quieren trabajar el idioma de manera individual, el área de aprendizaje de inglés online de Levitin Language School parte precisamente de la relación entre nivel, objetivo y necesidades concretas, no de una promesa idéntica para todos.

Más horas no siempre significan más aprendizaje

También debemos ser cuidadosos con otra cifra: las horas.

Cien horas parecen necesariamente más eficaces que cincuenta.

Pero primero debemos preguntar:

¿qué ocurre durante esas horas?

Una persona puede dedicar mucho tiempo a repetir actividades demasiado fáciles.

Puede acumular vocabulario que casi nunca utiliza.

Puede estudiar explicaciones cada vez más detalladas de un problema cuya causa real está en otra parte.

O puede dedicar una sola sesión a descubrir una distinción que reorganiza algo que llevaba años entendiendo mal.

El tiempo importa.

Pero la calidad de las decisiones dentro de ese tiempo también.

Por eso no deberíamos medir el aprendizaje solo por la cantidad de horas consumidas.

El progreso real cambia lo que una persona puede hacer

Podemos medir muchas cosas:

número de clases;

palabras estudiadas;

ejercicios realizados;

unidades terminadas;

resultados de pruebas.

Todos estos datos pueden ser útiles.

Pero yo añadiría otra categoría de preguntas.

¿Puedes mantener ahora una conversación durante más tiempo?

¿Puedes explicar una idea sin preparar cada frase?

¿Puedes reformular cuando te falta una palabra?

¿Comprendes una gama más amplia de formas de decir lo mismo?

¿Dependes menos de la traducción?

¿Puedes reconocer algunos de tus propios errores?

¿Puedes utilizar una estructura fuera del ejercicio en el que la aprendiste?

¿Puedes usar el inglés para aprender otra cosa?

Cuando las respuestas empiezan a cambiar, no estamos midiendo simplemente actividad.

Estamos observando capacidad.

Un objetivo realista puede ser mucho más ambicioso que una promesa espectacular

Comparemos dos objetivos.

«Quiero hablar inglés con fluidez en dos meses».

Y:

«Dentro de dos meses quiero poder participar en una reunión de veinte minutos, explicar el estado de mi proyecto, hacer preguntas, responder a objeciones y pedir aclaraciones sin cambiar constantemente a otro idioma».

El primero parece más ambicioso.

El segundo, sin embargo, exige mucho más trabajo intelectual.

Tenemos que entender qué necesita la persona.

Observar su punto de partida.

Diseñar situaciones.

Identificar problemas.

Practicar variaciones.

Y finalmente comprobar si realmente puede hacerlo.

Ese objetivo es realista no porque sea pequeño.

Es realista porque está definido.

La rapidez tiene sentido cuando sabemos qué estamos acelerando

Decir:

«Quiero aprender inglés más rápido»

no es todavía una estrategia.

¿Qué queremos acelerar?

¿La adquisición de vocabulario?

¿La comprensión oral?

¿La velocidad de respuesta?

¿La capacidad de mantener una conversación?

¿La precisión gramatical?

¿La preparación para una situación profesional?

¿La recuperación de conocimientos olvidados?

Cada una de estas tareas puede requerir mecanismos diferentes.

Por eso buscar simplemente «el método más rápido» puede ser menos útil que descubrir qué parte concreta del sistema necesita cambiar.

¿Qué podemos prometer entonces?

No podemos prometer que todas las personas producirán el mismo resultado después de la misma cantidad de días.

Podemos hacer algo más profesional.

Definir el punto de partida.

Precisar el objetivo.

Separar lo urgente de lo secundario.

Seleccionar al profesor según la tarea.

Observar por qué aparecen determinados errores.

Cambiar la estrategia cuando los datos muestran que no está funcionando.

Comprobar si el conocimiento se convierte en acción.

Y decir claramente cuando un objetivo requiere más tiempo del disponible.

Eso no elimina la ambición.

Elimina la falsa precisión.

Treinta días pueden ser extraordinariamente importantes

En un mes una persona puede cambiar mucho.

Puede empezar a utilizar el inglés cada día.

Puede superar una barrera concreta al hablar.

Puede prepararse para situaciones que antes le parecían imposibles.

Puede recuperar años de conocimientos pasivos.

Puede comprender por primera vez un sistema que antes parecía una colección de excepciones.

Puede descubrir que su problema no era la falta de vocabulario.

Puede aprender a seguir hablando incluso cuando no conoce una palabra.

Puede empezar a utilizar el inglés para trabajar o estudiar.

Todo esto importa.

Y precisamente porque importa, merece una descripción más seria que:

«Inglés en 30 días».

No necesitamos hacer el idioma más pequeño. Necesitamos hacer el objetivo más preciso.

El inglés no se vuelve más sencillo porque pongamos una fecha en el calendario.

Pero nuestro trabajo sí puede volverse mucho más preciso.

Podemos preguntar:

¿Qué necesitas hacer?

¿Qué te impide hacerlo ahora?

¿Qué conocimientos ya tienes?

¿Qué necesitas activar?

¿Qué necesitas aprender desde cero?

¿Qué podemos dejar para después?

¿Cómo sabremos que la capacidad ha cambiado?

Estas preguntas no producen una promesa espectacular.

Producen algo mejor:

un plan.

No vendemos una versión comprimida del aprendizaje

Después de muchos años enseñando, no me interesa convencer a una persona de que un proceso complejo desaparecerá si encontramos el eslogan correcto.

Me interesa otra cosa.

Encontrar dónde está realmente la dificultad.

Entender qué parte del conocimiento ya existe.

Construir conexiones.

Eliminar trabajo innecesario.

Crear situaciones en las que el idioma tenga que funcionar.

Y observar el momento en que algo que antes requería ayuda empieza a ser posible de manera independiente.

Eso sí puede ocurrir rápidamente.

Pero no porque hayamos comprimido mágicamente años de aprendizaje en 30 días.

Ocurre porque hemos definido mejor el problema.

Por eso no prometemos:

«Aprenderás inglés en 30 días».

Preferimos preguntar:

«¿Qué cambio concreto podemos construir en 30 días y qué necesitamos hacer para que ese cambio sea real?»

Para mí, ahí comienza el aprendizaje honesto.


Sobre el autor

Tymur Levitin
Founder, Director & Senior Teacher
Levitin Language School

Sigo enseñando inglés y alemán. En mi trabajo, me interesa especialmente la transición entre comprender una lengua y poder actuar con ella: elegir, formular, reaccionar, reformular y utilizar el conocimiento fuera del ejercicio en el que fue aprendido.

Levitin Language School trabaja con tres áreas educativas conectadas: Languages · Academic Subjects · Language + Subject. Por eso una ruta de aprendizaje puede centrarse en la lengua, en una materia académica o en el uso de otra lengua como herramienta para acceder a conocimiento y aplicarlo.

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