Cuando una palabra culturalmente específica no tiene un equivalente claro, parece existir una solución evidente:

explicarla.

Si el lector no conoce el objeto, explicamos qué es.

Si no conoce la institución, describimos cómo funciona.

Si una costumbre le resulta ajena, añadimos el contexto necesario.

La lógica parece impecable.

Sin embargo, aparece un problema diferente.

Una traducción puede explicar perfectamente una realidad cultural y, al mismo tiempo, destruir la forma en que esa realidad funcionaba en el texto original.

Porque explicar y hacer comprensible no son exactamente la misma operación.

Y comprender esta diferencia cambia profundamente la manera de abordar la traducción de realia.

El lector del original tampoco recibe siempre una explicación

Este punto suele pasar desapercibido.

Cuando un autor utiliza una palabra culturalmente conocida, normalmente no se detiene a explicar todo lo que significa.

No define cada institución.

No describe cada tradición.

No reconstruye la historia de cada expresión.

Confía en que su lector posee cierta información.

Pero también confía en otra capacidad: la de inferir.

El lector combina palabras, contexto, experiencia y conocimiento cultural.

Parte del significado está escrito.

Otra parte se activa.

Otra se deduce.

Y otra puede permanecer deliberadamente ambigua.

Por eso, cuando una traducción convierte cada dificultad cultural en una explicación explícita, puede transmitir más información y, paradójicamente, reproducir peor la experiencia del original.

Comprender un texto no significa recibir toda la información

Imaginemos una novela.

Un personaje entra en una habitación y utiliza una forma de tratamiento que para el lector original señala inmediatamente distancia social, edad, jerarquía o respeto.

El autor no añade:

Esta forma indica que existe una relación social asimétrica entre los personajes.

No necesita hacerlo.

El significado funciona dentro de la escena.

Si la traducción explica directamente toda esa información, el lector entenderá el fenómeno.

Pero ya no lo experimentará del mismo modo.

En el original, la relación se percibe.

En la traducción, se explica.

La información puede ser semejante.

La experiencia textual no.

La explicación también transforma el significado

Solemos pensar en una explicación como si fuera neutral.

No lo es.

Explicar algo significa decidir:

qué información seleccionar;

qué aspecto considerar importante;

qué dejar fuera;

cuánto debe saber el lector;

en qué momento debe saberlo;

y con qué terminología debe entenderlo.

Toda explicación es ya una interpretación.

Por eso, ante una realidad cultural, la pregunta profesional no puede limitarse a:

¿Cómo la explicamos?

Antes debemos preguntar:

¿Necesita ser explicada aquí?

Hay una distancia entre lo desconocido y lo incomprensible

Este contraste es fundamental.

Algo puede ser desconocido para el lector sin resultar incomprensible.

Una novela puede mencionar una comida que el lector nunca ha probado.

Quizá no necesite conocer sus ingredientes.

Puede encontrar una institución extranjera cuyo funcionamiento exacto desconoce.

Quizá el contexto ya le permita entender que el personaje debe acudir allí para resolver un trámite.

Puede aparecer una forma cultural de cortesía que no existe en su sociedad.

Quizá la relación entre los personajes haga visible su función.

La presencia de algo extranjero no constituye automáticamente un problema de traducción.

A veces, el texto puede enseñar al lector a comprenderlo gradualmente.

La traducción debe medir la brecha interpretativa

Esto permite introducir un concepto útil: la brecha interpretativa.

Podemos imaginar el proceso así:

señal cultural → inferencia del lector → comprensión

En el texto original, el lector dispone de ciertos recursos culturales para realizar esa inferencia.

En la traducción, algunos pueden faltar.

Entonces aparece una brecha:

señal cultural → ? → comprensión

El trabajo del traductor consiste en decidir si debe intervenir y cuánto.

La secuencia se convierte en:

señal cultural → inferencia del lector → brecha interpretativa → mediación → decisión de traducción

No toda brecha necesita cerrarse por completo.

Ese detalle es esencial.

Cerrar toda la brecha puede empobrecer el texto

Pensemos en una palabra relacionada con una celebración tradicional.

El lector del original puede asociarla inmediatamente con determinados alimentos, reuniones familiares, recuerdos infantiles, prácticas religiosas o incluso tensiones sociales.

El lector extranjero no posee necesariamente esas asociaciones.

Sería posible añadir una descripción extensa.

Pero ¿debe hacerse?

Depende de la función de la palabra.

Si el texto es antropológico, quizá sí.

Si es una novela, una explicación extensa puede romper el ritmo.

Si aparece en un diálogo, puede resultar completamente artificial.

Si la información concreta no es necesaria para entender la escena, quizá el contexto deba hacer parte del trabajo.

La traducción profesional no busca necesariamente eliminar toda incertidumbre.

Busca evitar la incertidumbre equivocada.

El traductor no es un comentarista permanente

La traducción cultural corre un riesgo particular: convertir al traductor en una voz que explica constantemente el mundo del original.

Pero el lector no siempre necesita esa voz.

A veces basta con conservar el término.

A veces conviene añadir una pista mínima.

A veces una traducción funcional permite que la escena siga avanzando.

A veces una nota es indispensable.

Y en otros casos, explicar sería precisamente el error.

El traductor debe saber cuándo hablar.

Pero también debe saber cuándo no hablar.

Un ejemplo sencillo: sobremesa

La palabra española sobremesa es interesante precisamente porque parece invitar a una explicación.

Podemos describirla como el tiempo que las personas permanecen conversando alrededor de la mesa después de comer.

Eso permite comprender el concepto.

Pero imaginemos una frase narrativa:

La sobremesa se alargó hasta las seis.

Si en otro idioma sustituimos sobremesa por una definición completa, transmitiremos información, pero cambiaremos el ritmo de la frase.

También podemos utilizar una formulación funcional:

They stayed at the table talking until six.

Ahora la escena resulta comprensible.

Pero algo cambia otra vez.

La acción está presente.

La categoría cultural compacta desaparece.

No existe una solución universalmente superior.

Todo depende de qué sea importante en ese texto:

la palabra cultural;

la actividad;

la duración;

la atmósfera;

o el hecho de que esa práctica sea percibida como una unidad reconocible de experiencia.

Una realia no contiene una instrucción sobre cómo traducirla

Este es uno de los errores conceptuales más frecuentes.

Vemos una palabra culturalmente específica y buscamos su procedimiento de traducción.

Pero la palabra no nos dice qué procedimiento necesita.

El texto sí puede hacerlo.

La misma realia puede requerir:

conservación en un ensayo cultural;

una descripción en un texto informativo;

una solución funcional en un diálogo;

una nota en una edición académica;

o casi ninguna intervención en una escena donde el contexto basta.

Por eso, la estrategia no debe derivarse únicamente del tipo de palabra.

Debe derivarse de la relación entre:

realidad cultural + función textual + lector + género + contexto.

Hacer comprensible no significa domesticar

Existe otra tentación.

Si algo puede resultar extraño, podemos sustituirlo por algo familiar.

Así reducimos el esfuerzo del lector.

Pero también podemos cambiar el mundo del texto.

Una institución extranjera no se convierte en una institución local porque ambas realicen tareas semejantes.

Una tradición no se convierte en otra porque produzcan emociones parecidas.

Una forma de cortesía no es idéntica a otra porque ambas expresen respeto.

Hacer comprensible una cultura no significa hacerla parecer idéntica a la nuestra.

En ocasiones, el lector debe comprender precisamente esto:

aquí el mundo está organizado de otra manera.

La diferencia también comunica.

La extrañeza puede ser información

Este principio merece especial atención.

En traducción solemos tratar la extrañeza como un obstáculo.

Pero a veces es parte del mensaje.

Una palabra que no tiene equivalente inmediato puede mostrar que la cultura fuente distingue una experiencia que la lengua meta no lexicaliza del mismo modo.

Una institución desconocida puede revelar otra organización social.

Una fórmula comunicativa difícil de reproducir puede mostrar otra relación entre cortesía, distancia y responsabilidad.

Si eliminamos automáticamente toda extrañeza, eliminamos también parte del conocimiento que el texto transporta.

Por eso, la mediación cultural no consiste siempre en acercar.

A veces consiste en hacer visible una distancia sin convertirla en incomprensión.

El lector también participa en la transmisión del sentido

Esto modifica la idea misma de transmisión del sentido.

No todo el significado viaja terminado desde el texto original hasta el texto traducido.

El lector participa en su reconstrucción.

El texto ofrece señales.

El contexto limita las interpretaciones posibles.

El conocimiento previo completa algunas relaciones.

La experiencia de lectura construye otras.

El traductor interviene en ese proceso, pero no tiene que sustituirlo.

Podemos representarlo así:

texto → señal → interpretación → comprensión

En traducción aparece una segunda decisión:

texto fuente → interpretación del traductor → señal en el texto meta → interpretación del lector

Esto significa que el traductor interpreta primero para que el lector pueda interpretar después.

No interpreta necesariamente en lugar del lector.

La diferencia entre mediación y sobreinterpretación

Aquí aparece una frontera delicada.

La mediación proporciona lo necesario para que la comunicación funcione.

La sobreinterpretación decide demasiado por el lector.

Puede eliminar ambigüedad que existía en el original.

Explicar una ironía.

Hacer explícita una relación que debía descubrirse gradualmente.

Asignar una emoción concreta a un elemento cultural que permitía varias lecturas.

Reducir una realidad compleja a una definición cómoda.

Cuanto más explica el traductor, mayor es su responsabilidad por aquello que convierte en explícito.

Por eso, más explicación no equivale automáticamente a más fidelidad.

La intraducibilidad puede conservar un espacio para el lector

También podemos reconsiderar la intraducibilidad desde este punto de vista.

Si no existe una unidad equivalente, no siempre debemos compensarla con una explicación total.

En ocasiones, la ausencia de equivalencia puede gestionarse mediante una combinación de:

contexto;

retención;

descripción mínima;

repetición;

desarrollo narrativo;

o conocimiento que el lector adquiere progresivamente.

La intraducibilidad no obliga al traductor a llenar inmediatamente cada vacío.

A veces obliga a diseñar cómo podrá comprenderse ese vacío.

Es una diferencia importante.

Antes de explicar, conviene formular otras preguntas

Una estrategia práctica puede comenzar así:

¿Qué sabe el lector original?

¿Qué puede inferir sin explicación?

¿Qué no sabrá el lector de la traducción?

¿Esa falta de conocimiento impide comprender el texto?

¿Puede el contexto resolverla?

¿Necesitamos intervenir?

¿Cuál es la intervención mínima suficiente?

¿Qué cambiaríamos si explicáramos más?

Solo entonces llega la pregunta:

¿Cómo traducimos esta realia?

Esta secuencia evita convertir automáticamente cada diferencia cultural en una definición.

La mínima intervención suficiente

Podemos formular un principio útil:

No explicar todo lo que puede explicarse. Explicar lo necesario para que funcione lo que debe funcionar.

Esto no significa reducir siempre la información.

Significa vincularla con una finalidad.

En un contrato, lo necesario puede ser una precisión terminológica considerable.

En un manual académico, una nota puede ser indispensable.

En literatura, quizá baste una pista contextual.

En una conversación, una explicación larga puede destruir completamente la naturalidad.

La cantidad correcta de mediación depende del tipo de comprensión que necesita el texto.

Este principio también cambia la enseñanza de idiomas

La misma diferencia aparece en el aprendizaje de lenguas.

Un profesor puede explicar perfectamente una palabra cultural.

El estudiante memoriza la definición.

Pero todavía puede no saber reconocer cuándo la palabra resulta natural, qué presupone, qué actitud comunica o qué reacción produce.

Conocer una definición no equivale a participar en el sistema de inferencias de una comunidad lingüística.

Por eso, en niveles avanzados, una pregunta como:

¿Qué significa?

debe complementarse con:

¿Qué entiende un hablante cuando esto aparece aquí?

Ese cambio lleva del vocabulario al funcionamiento real del lenguaje.

Traducir una cultura no significa explicarla por completo

Las realia muestran con especial claridad que el traductor trabaja entre dos extremos.

Si interviene demasiado poco, el lector puede perder una información necesaria.

Si interviene demasiado, puede recibir una interpretación que el original nunca hizo explícita.

Por eso, el objetivo no es maximizar la explicación.

Es diseñar la comprensión.

La cadena ya no es simplemente:

palabra → equivalente

ni siquiera:

palabra → explicación.

Es más precisa:

señal cultural → inferencia del lector → brecha interpretativa → mediación → decisión de traducción

Y después comienza otra cadena:

decisión del traductor → nueva señal → nueva inferencia del lector.

Ahí reside una de las responsabilidades más profundas de la traducción.

El traductor no solo decide qué decir.

Decide también cuánto debe decir el texto para que otra persona pueda comprender algo que nació dentro de un mundo cultural diferente.

Porque una cultura no se vuelve comprensible cuando todo ha sido explicado.

Se vuelve comprensible cuando el lector dispone de las señales necesarias para reconstruir el sentido sin que el traductor destruya aquello que intentaba transmitir.


Sobre el autor

Tymur Levitin — Founder & Director of Levitin Language School and Language Learnings, profesor de idiomas, traductor certificado y autor.

Levitin Language School desarrolla educación internacional online en las áreas de Languages, Academic Subjects y Language + Subject, junto con el estudio profesional de la traducción, el significado y la comunicación intercultural.

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